En México no creo que estemos tan familiarizados con el concepto de liderazgo. Existen los jefes en las oficinas, existen los profesores en las aulas y los gobernadores en los gobiernos. Pero esos son puestos de trabajo. Más allá de los puestos, líder es quien toma las riendas de organizaciones y proyectos, de gente que necesita trabajar en grupo y que alguien les organice y mande que hacer. Líder es además, quien inspira a hacer la labor. Es alguien que se ha ganado la confianza de las personas para entrar en su mundo e influenciarles. Son personas a las que la gente sigue con naturalidad.
Ahora bien, tal concepto parece perteneciente a un lugar más civilizado, donde el objetivo de la población sea más elevado que sobrevivir o llegar a fin de mes. Sin embargo, esta perspectiva es errónea. Primeramente porque por más mala que fuera la situación, es justamente el anhelo por valores superiores lo que moverá a las personas a superarse. Segundo, que es muy similar, un buen liderazgo es lo que históricamente ha cambiado la situación de realidades precarias. Incontables películas se han hecho de casos de superación de la adversidad, de quienes a pesar de humildes orígenes se elevaron en la sociedad.
La realidad puede llevar a una visión que, bajo la máscara de practicidad y realismo muchas veces esconde un trasfondo de cinismo y nihilismo. ¿Qué es sino nihilismo lo que lleva a los encargados del gobierno a la corrupción? Ese es, por desgracia, nuestro tema de todos los días en México. Lo ha sido durante toda la historia del país. Aún López Obrador, que promovió un gobierno libre de corrupción mostrando primeramente con el ejemplo, no pudo impactar lo suficiente en la burocracia nacional que tiene prácticas corruptas arraigadas.
Ahí están varios casos de corrupción, desvíos multimillonarios, muchas veces urdidos por quienes deberían estar al cuidado del pueblo. Si bien es un problema que viene de muchos años atrás, a pesar del buen ejemplo de los altos mandos, los medianos y pequeños se quedan en el fango de la corrupción.
Necesitamos entonces, una cultura del liderazgo, y un liderazgo moral, que le de primacía a valores universales. Necesitamos líderes que unan a las personas en lugar de separarlas, que valoren a los demás, que estén dispuestos a dar primero, que traten a los demás mejor que a si mismos. En fin, alta calidad moral. Además de esto, consejos sobre como conseguir que los grupos avances y logren resultados alentará a hacer las cosas de la manera más moral posible. Entonces, invertir en liderazgo no es ingenuo, es lo que muchas veces sacará del nihilismo.
Recordemos también que hacer lo que resulta más ético, más allá de la satisfacción personal, es lo más razonable. Kant llamaba a la moral la ‘razón práctica’, pues en su teoría lo moral es lo más razonable que hacer en la práctica. Incluso una de las formas de ver a la razón práctica es el de hacer lo que conviene más a toda la humanidad, citando a Kant, una forma de saber si actuamos moralmente es haciendo lo siguiente
Actúa solamente de acuerdo a una máxima en la que, al mismo tiempo será y debería ser una máxima universal.
Se deduce que ser una persona moral no es tan sencillo como parece. Hay que conocer el mundo y sus leyes para saber que es lo que debería hacerse. Hay que tener bagaje de experiencias y conocimiento del entorno.
El actuar moral es entonces el que más conviene, no solamente porque eleva el espíritu. La corrupción se debe, más que nada a una falta de visión global.
Ahora bien, caer en el nihilismo y cinismo es mucho más fácil de lo que parece. Podemos, incluso, engañarnos de que una acción inspirada en no ser capaz de creer tiene una base más noble. De eso pozo se sale con esfuerzo. Se tiene que creer en valores elevados, pues es lo que nos sacará. El verdadero liderazgo no es sino un aspirar a lo mejor para uno y para los demás, nos fuerza a ver la globalidad de una situación. En fin, es una cura para nuestro mal. Necesitamos hacer un esfuerzo por ser y exigir líderes que deseen ser mejores liderando.
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