Se puso de moda hace unos días criticar a Morena. Razones hay: el caso Rocha Moya y otros casos de corrupción. Posiblemente sea saludable dicha crítica a un partido tan dominante pero no me voy a unir a esa tendencia. Yo creo que el saldo hasta ahora de Morena en el poder ha sido positivo. Trajeron a la mesa algo que hacía falta en la conversación nacional: contenido ideológico. Tienen una forma específica de ver las cosas, desde los pobres, no imponiéndose sino buscando al otro, que se nos revele. Bueno, esto es en principio quizá al partido le hacen falta más espacios de diálogo, justo para ejercer su ideología.
Hay quien argumentará que hablar de ideologías es peligroso pues sesga la realidad. Yo creo que es más peligroso no hablar de ideologías. La cuestión es que siempre se habla desde un marco ideológico, aunque no se percate uno. Es parte de la condición humana. El no tener los términos para identificar las bases ideológicas hace que confundamos una forma de ver las cosas con la realidad multifacética. Es decir, hablar de ideología, la propia, revela las posturas que tomamos, los límites de nuestra aprehensión de la realidad. Demuestra que hay cosas que no vamos a observar por la finitud de nuestro entendimiento. Hay entonces, voluntaria o involuntariamente límites epistémicos.
Con esto en mente, pensemos en las instituciones del país. El hecho de tener instituciones implica cierta confianza, podemos darnos el lujo de no saber todo lo que implica un sector de la realidad. De lo contrario el ciudadano tiene que ocuparse de ver todos los asuntos concernientes a cierto sector específico, lo cual implica atención y energía. Buenas instituciones generan cierta liberación de las complicaciones de la vida y del conocimiento de las causas.
El bienestar de una sociedad implica el que tanto el ciudadano puede no saber sin perder calidad de vida. Harían bien los gobernantes en procurar instituciones robustas y confiables.
En México, a pesar del continuo esfuerzo por mantener y mejorar las instituciones tenemos factores externos como la corrupción y el crimen organizado que activamente destruyen las instituciones y distorsionan la información que nos brindan. Se encuentra el mexicano como un Descartes, con un adversario para su conocimiento del mundo. La existencia se carga del peso del desconocimiento.
Ante tal escenario desfavorable, en vez de hacer como hizo Descartes y que esta situación nos lleve a un solipsismo en el que solamente se piensa en la propia existencia, el mexicano, toma una acción diferente. Sale ante el mundo, sabe que debe enfrentarse a su realidad aunque se le presente distorsionada. Siempre esperando lo mejor. Solo así es posible la construcción de instituciones confiables.
Volviendo a Morena, yo creo que harían bien en recordar lo que les definió desde el principio: ver las cosas desde una óptica con una cierta carga ideológica y alejarse de la noción de partido. Es decir, ver más por el bienestar del país que por ellos mismos.
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