El diálogo

Josefina se hizo amiga de Silvia en el trabajo. Ambas trabajan en las oficinas corporativas de una agencia de tours. La oficina está en el centro de Cancún. Quedaron de verse en un café para platicar. A pesar de llevarse bien y de poder hablar largo y tendido Josefina no podría ser más distinta de Silvia. Para empezar Josefina es de altura normal y de buena complexión mientras que Silvia es muy alta y bastante delgada. Josefina tiene el cabello negro mientras que Silvia lo tiene castaño. Josefina es de Guanajuato mientras que Silvia es de Tijuana. A Josefina le gusta el arte mientras que Silvia le gustan los deportes. Aunque pareciera que lo único que tienen en común es su gusto por las tortillas de harina, no se quedan sin tema de conversación. A Josefina le hacía falta tener a alguien con quien hablar en persona. Pasaba tiempo hablando por Zoom con sus padres, sus primas y amigas que dejó en León. La transición a vivir en Cancún ha tenido sus baches, pero en general, todo va mejorando. Ya entendió mejor a la ciudad. Silvia, por su parte ya lleva más tiempo en la ciudad, al menos 10 años y ya se acostumbró al calor, la humedad, incluso al tráfico más reciente. Hace una hora que Silvia le está contando a Josefina sobre su nuevo novio.

— Mira la foto que me mandó.– dijo Silvia.

— Ah ¿qué es lo que trae en la cabeza?

— No estoy segura, no se si es un sombrero o un gato. Siempre inventa algo, me hace reir.

— Que bien.

— Mira, me dio estas flores el otro día.

— ¡Qué bonitas! Está muy padre la foto, muy iluminada.

— Si, me quedó bien.

— Oye, me da mucho gusto que estés contenta.

— Gracias, me hacía falta conocer a alguien. ¿Y tú que onda, tienes novio, estás buscando?

— Pues fíjate que desde que viví en Ciudad de México y que tuve un noviecillo no he tenido nada.

— Y ¿qué tal la Ciudad de México? ¿Cuánto tiempo viviste ahí?

— Solo dos años. Me encanta la ciudad los fines de semana, pero entre semana tiene sus problemas. Digamos que quiero mucho la ciudad pero decidí venir a Cancún.

— ¿Porqué no has tenido otro novio en Cancún?

— Es que es complicado abrirse a los demás.

— ¿Eso qué tiene que ver? Los hombres son muy simples. Tu procura coquetearles y no sabes la respuesta que tendrás.

— ¿Es un dilema del que no podremos escapar?

— ¿Ya ves? si estás despierta chica.– dijo guiñando el ojo.– ¡Pues en la oficina! A ver, que te parece Baltasar.

— Me parece muy bajito y como que no.

— ¿Qué tal Eloy?

— Pues luego hace comentarios de mal gusto.

— ¿Agustín?

Josefina sonrió y vio para otro lado.

— Ding ding ding ding ding, tenemos un ganador. ¿Y qué ha pasado? Cuéntame.

— Es que es un tarugo. Al principio hablamos bien, parecía que empezábamos con el pie derecho pero después me ignora, me trata más bien como una amiga no pretende más.

— Estos hombres, hay que aventarles una piedra para que entiendan.

— Hablamos un rato y es muy amable y educado.

— Sí pero este niño necesita espabilar. Les encanta estar pensando cosas pero ¿cómo va a dejar así nomás a este mujerón? No señor, te voy a ayudar.

— Okey, me agrada la actitud ¿cuál es el plan?

Se quedaron más tiempo hablando y haciendo un plan de acción.

El lunes siguiente Josefina y Silvia se vieron de nuevo en la oficina, repasaron su plan que era para la hora de la comida. Josefina se había arreglado un poco más de lo normal, nada extravagante pues la idea era que no se notara demasiado, que lo notara solo Agustín. Llegó la hora de la comida y fueron al comedor de la empresa juntas. Agustín ya se había servido y estaba sentado en la mesa comiendo mientras veía el celular.

— ¡Hola Agustín! ¿Cómo va todo? ¿Están ocupadas las sillas? ¿Nos podemos sentar?

Agustín las miró extrañado, primero vio a Silvia pero después se percató que estaba Josefina también.

— Ah, hola, me agarran un poco de sorpresa, si claro, siéntense por favor.

— Gracias. –dijo Silvia.

— ¿Qué estabas viendo?–preguntó Josefina.

— Una noticia sobre la cumbre del G20 que se va a hacer aquí en Cancún.

— Oh, interesante ¿te interesa la diplomacia entonces?– preguntó Josefina.

— Más que la diplomacia, me preocupa el desbalance que vivimos como sociedad.

— Ah si claro, a todos– dijo Silvia– pero creo que el tema de la diplomacia es interesante ¿no crees? Es una actividad muy bonita.

— Si bueno, está muy bien la diplomacia pero el tema central es que algo se debe hacer para arreglar las cosas. Los diplomáticos necesitan de los ciudadanos que muestren su descontento. Lo que me preocupa es que hay un desbalance en la naturaleza por la acción del ser humano. El medio ambiente se ha degradado demasiado. Los animales están sufriendo las consecuencias de nuestras acciones. ¿Cuándo van a parar si nadie les dice ‘hasta aquí’? Debemos dejar de ser tan obtusos en nuestras acciones, cuidar el delicado balance de nuestro bello mundo natural que es lo que posibilita la vida.

— O sea, si, estamos de acuerdo, pero creo que lo que quiso decir Silvia es que puedes lograr mucho mediante el diálogo. Además las personas están más abiertas al diálogo de lo que crees.

— Pues si hace falta más diálogo pero también hay que tomar acciones concretas, llamar la atención a los temas acuciantes. Urge ¡el planeta nos necesita! ¿Qué les vamos a dejar a las siguientes generaciones?

— Uy, ya está pensando en la siguiente generación– dijo Silvia mirando a Josefina.

Josefina no pudo esbozar una sonrisa de complicidad. Agustín estaba algo confundido.

— Si te entendemos– prosiguió Silvia– ¿Qué acción piensas tomar o crees que deberíamos tomar?

— Yo creo que la protesta es ineludible, hay que hacer grandes demostraciones de insatisfacción, rayar algunas paredes, detener el tráfico.

— Suena que va en serio– dijo Josefina.

— Claro, estamos formando un contingente de lucha, iremos a protestar el día de la reunión del G20. Si quieren unirse a la marcha les puedo dar más información.

— Gracias, lo pensaremos.–dijo Silvia.

Terminaron de comer, se despidieron y Josefina se fue con Silvia por un café. A Silvia se le hizo un tanto extrema la actitud de Agustín. Se le hizo poco sutil su forma de ver las cosas y demasiado desapegado de la realidad. Se preocupó un poco por Agustín. Josefina también se preocupó por él. También pensó que estaba desapegado de su realidad inmediata. Sin embargo había algo en la pasión con la que hablaba que dejaba ver un alma pujante y un corazón desinteresado y abocado a un fin. Eso le llamó más la atención.

Pasaron los días y Josefina y Agustín se saludaban cada vez que se veían en la oficina. Charlaban un poco, Josefina evitaba cuidadosamente el tema ambientalista para no insuflar más las pasiones reformadoras de Agustín. Por su parte, en Agustín, que al principio veía a Josefina como una amiga, poco a poco fue surgiendo una nueva pasión por Josefina.

En una semana sería el día de playa de la compañía. Josefina le platicó su plan para ese día a Silvia: se haría la que no sabe nadar en el momento indicado para que Agustín la rescatara. A Silvia le pareció acertada su idea. Cuando lo vio en el pasillo, Josefina le habló.

— Hey, oye, ¿listo para el día de playa? ¿qué vas a llevar?

— Pues estaría bien ir a la playa pero no puedo, ¿recuerdas la marcha del G20? Justo es ese día.

— Pensé que se te había olvidado.

— No, claro que no, recuerda que es la única forma de que nuestra causa se conozca.

— Bueno, te extrañaremos en la playa.

El día de la playa estuvo entretenido. Silvia llevó a su novio y estuvieron platicando los tres. También hubieron botanas, se hizo un mini-torneo de voleibol, en el que el equipo de Josefina quedó campeón. Eso la puso feliz. Hubo música, se metieron a bañar al mar. No hubo necesidad de fingir problemas de nado, así que fue relajante su estancia en el mar.

— ¿Escuchas eso?–dijo Josefina a Silvia.

— Si ¿tambores?

— Es la marcha, justo van para el hotel donde tendrá lugar el G20.

Por la noche cuando Josefina llegó a casa y puso las noticias vio que hubo disturbios en la marcha del G20. Hubieron grafitis, granaderos, chorros de agua a presión. Así también hubieron detenidos. Josefina se asustó, le hubiera llamado a Agustín pero no tenía su teléfono. Le llamó a Silvia para comentarle lo que había visto en las noticias. Silvia, aunque al principio se preocupó le dijo que no había nada que pudieran hacer hoy, ya lo verían mañana.

Al día siguiente Josefina llegó expectante a la oficina. Silvia estaba con un grupo de personas que hablaban, tenían cara de preocupación. En efecto, habían detenido a Agustín, se encontraba ahora en la cárcel municipal. Sin embargo, no era tan preocupante la situación: Agustín había pagado la fianza y saldría al día siguiente. Josefina se sentía mejor, un poco más relajada, sin embargo seguía con la adrenalina en su sistema. La situación se le hacía muy fuerte. Se sentía algo nerviosa. Silvia le recomendó que no se preocupara tanto, estas cosas pasan, seguro Agustín sabe cuidar.

A los dos días Agustín regresó triunfante a la oficina. Todo el mundo lo saludaba y querían saber sobre el suceso. Josefina se acercó al grupo. Agustín se percató y la saludó. Josefina iba de brazos cruzados y se limitó a sonreír. Sucedió que Agustín no había hecho gran cosa, rayó unas paredes con pintura pero nada más. Otros más radicales rompieron una ventana, fue cuando los granaderos intervinieron e hicieron arrestos al azar. Lo trataron fuerte pero no lo golpearon. Entonces llegó el jefe a la oficina y todos fueron a sus asientos. Agustín pudo ver que Josefina seguía con los brazos cruzados y pensativa.

A la hora de la comida Agustín fue a sentarse con Josefina, que hablaba con Silvia.

— Hola ¿cómo están? ¿puedo sentarme?

— Hola, bien, si siéntate.–dijo Silvia.

Estuvieron un rato en silencio. Silvia notó que Agustín solo estaba encontrando las palabras para hablar con Josefina, su atención completa sobre ella.

— ¿Saben qué chicos? Tengo que ir a hablar con Baltasar, los veo al rato– dijo Silvia levantándose de la mesa.

Después de otro silencio Agustín se animó a hablar.

— ¿Qué semanita eh? ¿Y cómo estuvo el día de playa?

— Bien, jugamos voleibol, ganó mi equipo.

— Oh, fantástico.

— Me asusté mucho.

— Lo se, disculpa, no era mi intención ser arrestado ni mucho menos afectarte.

— Tienes que tener más cuidado.

— Lo se, lo se. A propósito, estuve pensando en lo que hablamos la otra vez. Cuando yo defendía la protesta y tu hablabas sobre el diálogo. En prisión tuve tiempo para pensar y creo que, en efecto, debe haber una mejor manera para que expresemos nuestro sentir. Lo que quiero decir es que debemos procurar mucho más el diálogo. Me ha interesado mucho más el diálogo últimamente, llegar a conocer a fondo a mis compañeros de trabajo, por ejemplo.

— ¿A todos tus compañeros de trabajo?– preguntó Josefina maliciosamente.

— Bueno, no a todos, a un selecto grupo.

— ¿Y de dónde viene ese renovado interés por un selecto grupo de tus compañeros?

— Pues creo que hay lecciones muy hermosas que debo aprender.

— ¿Y quién te podrá enseñar?

— Tú, por ejemplo.

Ambos sonrieron. Después de varios derroteros floreció el amor entre Josefina y Agustín.


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