El tesoro

Está atardeciendo y rompen las olas de manera suave contra el muro. El malecón es largo y hoy las olas son leves, no como cuando hay mal tiempo, entonces no se puede estar. Pero Rafael está aquí sentado solo, viendo el atardecer, tomando agua, no le alcanzó para la malta. La brisa es agradable, es el lugar y el momento ideal para estar con la novia o con amigos, pero él está aquí solo, contemplando. A decir verdad, él se siente el cubano más raro de la isla, el único que no disimula su melancolía. Así también su condición le es impropia a él que es negro, ya que suelen tener una personalidad alegre. Más él que no es un mulato, mezclado con blancos, no señor, él es negro negro, parece salido de la sabana africana, extirpado violentamente y traído a esta isla muy lejana. Digo que parece pues en realidad él ya nació en la isla, hace muchas generaciones de aquellos tiempos más bárbaros. Pero eso no le inquiera a Rafael justo ahora. Lo que le inquieta es que no puede salir adelante, no puede obtener un mínimo para sentirse satisfecho, realizado. Él se sabe inteligente, siempre lo ha sido, tiene una mente buena y afilada. Debería ser suficiente para sobresalir en una sociedad medianamente justa, ser el foco de atención. Pero no aquí, no ahora, el mundo ha decaído, o así parece. Bueno, quizá al mundo en su totalidad no le vaya tan mal, al menos parece ser que la gente hace cosas, va a lugares, los ricos incluso van al espacio. Es esta isla la que está mal, aferrada a ideas de otros tiempos. Aún con todo eso, a Rafael no le va mal, tiene trabajo, es alguien admirado en su círculo, si bien reducido, pero relevante. Rafael es ingeniero, trabaja en el puerto con los barcos. La cuestión de importación es muy relevante en la isla. Él se asegura que toda la operación fluya de manera eficiente. No es el jefe ciertamente, es uno de tantos operadores de barcos del puerto de la Habana. Hay gestiones que tomar en cuenta. Sin embargo, de cuando en cuando hay que arremangarse las mangas y meter las manos. Rafael, por ejemplo, es buzo con certificación y varias veces al año tiene que sumergirse a inspeccionar un barco por abajo. Hay un continuo tráfico de barcos en el puerto, hay mucho trabajo. Es por eso que el hecho que se sienta mal es un contrasentido. Pero no se siente mal por su situación en la isla, se siente mal porque fue a comer con los tripulantes de un barco extranjero. Eran los tripulantes de un barco mexicano, que traía materia prima para construcción. Explícitamente traían piedra caliza, no se consigue en la isla. Después de estar toda la mañana examinando el barco y los papeles correspondientes junto con el capitán éste le preguntó a Rafael que comería. Le dijo que cerca había un lugar donde sirven comida. Sin embargo el capitán le dijo que lo invitaba a un restaurante de más alcurnia, de esos de la zona turística, todo por cuenta del capitán, claro. Rafael nunca había ido y le picó la curiosidad. Llegaron todos al lugar, había un mesero recepcionista que se encargaba de asignar la mesa. Había una servilleta de tela. Rafael no sabía que hacer con eso. Le explicaron que se pone sobre las piernas. Los mexicanos le hicieron preguntas sobre su vida aquí en la isla, como le iba. Les dijo que la cosa era dura pero llevable, iba saliendo la cosa. A los mexicanos les parecía bien, era un buen chico, eficiente en su trabajo. Continuaron las preguntas. Rafael les dijo que vivía en una vecindad, tiene un departamento pequeño. Los mexicanos empezaron a platicarle de sus vidas, de como tenían casas y carros, etc.. Rafael solo escuchaba maravillándose. Llegó la comida, deliciosa, nunca había probado algo así. Hasta hubo postre, pastel con helado. Rafael no tenía idea que en Cuba se sirviera comida de tan alta calidad. Después de comer regresaron al puerto, había trabajo que terminar.

Lo que tiene a Rafael melancólico a esta hora de la tarde no es su condición actual sino la posibilidad de su condición si viviera fuera de la isla. Aquellos tripulantes no eran especiales, hacían un trabajo similar al suyo, sin embargo el destino les había dado cartas muy diferentes. Rafael no sabía como sentirse, si por querer más no sería un codicioso, si se ahogaba en un vaso de agua. No creía que la cosa fuera tan mal, pero después de escuchar aquello, de experimentar el lujo del restaurante, supo que estaba muy abajo en la pirámide poblacional.

Suspiró una vez más, dio el último trago de agua de la botella y se levantó de su lugar en el malecón. Iba ahora a casa. Tomaría la wa-wa, era un trayecto como de 20 minutos. Cuando llegó a la vecindad había un taxi estacionado en la entrada. El taxi era el de su vecino, Reinaldo, que es taxista.

Reinaldo estaba reparando el taxi, otra vez el motor. No había problema, no recordaba cuantas veces había reparado aquel taxi. Se llevaban bien y se veían de vez en cuando. A diferencia de Rafael, Reinaldo es blanco blanco, parece europeo. Con ropa de época bien podría aparecer en un cuadro de Velásquez. Aún así la diferencia racial no es un impedimento para una amistad sincera. Rafael se acercó, pasó a un lado y saludó a Reinaldo.

— Hola, ¿qué hay?

— Hola asere, ¿cómo estuvo el día?

— Bien, no me quejo ¿tu qué tal? ¿el motor volvió a fallar?

— No falló, pero tiene un sonidito que no me gusta y no se que es.

— Te apoyaría pero estoy agotado.

— Oye, ¿no quieres una malta? tengo unas arriba en la hielera.

— ¿En serio? si claro.

— Bien, ve arriba, ahora te alcanzo.

Rafael subió las escaleras, se hizo a un lado para que pasara una señora que iba bajando. Llegó al segundo piso, esquivó algunas columnas de madera cuya función es que el techo no se caiga y llegó al pequeño departamento de Reinaldo. Abrió la puerta, pues no tenía seguro. Buscó la hielera, la encontró, sacó una malta. Un destapador, lo encontró rápido en la cocina. Después de fue a sentar en la sala. Al momento de sentarse sintió algo en una nalga, un alambre. Quitó la manta que estaba encima y encontró que el sillón tenía un hueco y salía un resorte. Se hizo a un lado. Le dio un trago a la malta. Al poco rato subió Reinaldo, entró al departamento, fue a la hielera, abrió una botella y se acercó a donde estaba Rafael.

— Creo que ya se que tiene el motor, a lo mejor necesita una bujía nueva.

— Ya, eres el experto en ese coche.

— Así es, lo bueno que el turismo sigue fluyendo eh. ¿Cómo va el puerto? ¿Muchos barcos?

— Si, demasiados chico, se ve que hay dinero para embarcarse, solo que no llega a mis manos.

— Un brindis porque llegue más dinero a nuestras manos.

— Salud por eso. Además hay que bregar todo el día con los barcos chico. Hoy estuvimos batallando con una cadena de un barco que se enredó con otro en el puerto y no los podíamos separar por dos horas.

— Que complicado, oye, lo bueno que tu tienes experiencia con las cadenas ¿eh? ¿de familia?– dijo Reinaldo con una sonrisa maliciosa en la cara.

Al principio Rafael no entendió, pensó un poco y quedó un momento estupefacto, no concebía como Reinaldo había dicho un chiste tan vulgar y sinvergüenza. En un día normal se hubiera reído, quizá, pero hoy no se lo pudo pasar, la ira le consumió. Reinaldo a penas esquivó la botella de malta medio llena que voló hacia él y se rompió en la pared.

–¡¿Qué coño te pasa?! ¡¿Quién te crees que eres?!

Rafael se había levantado del sillón evidentemente molesto.

— Oye chico, espera espera, es una broma, disculpa. No sabía que te iba a pegar así tan duro.

— ¡Blanco de mierda!– le alcanzó a gritar otra vez.

— Ya, ya, vamos, disculpa, ¿te traigo otra malta?– dijo Reinaldo con los brazos estirados en actitud conciliadora.

Rafael se dio cuenta de lo tenso de la situación y poco a poco fue recobrando la serenidad.

— Bueno pues, me calmo.

Hubo un momento de silencio, mientras Reinaldo le pasaba la malta a Rafael. Después Reinaldo comenzó a hablar.

— Oye asere, mira, disculpa otra vez yo no pensaba que ese tema causara tanta indignación. Ya es un tema como histórico ¿no? ¿Todavía piensas en eso?

— Es que, a ver, yo se que no soy esclavo ni nada, pero es parte de mi historia, de donde vengo. Estaría errando si lo negara.

— Si bueno, entiendo.

— No, no entiendes nada. Mientras tus tatarabuelos veían la construcción de edificios, que lindos míralos, la recolección de algodón y otras plantas para hacer elegantes trajes que vestir para ir al baile, los míos sentían el rigor, la sumisión a la naturaleza, la soga al hombro jalando con fuerza bruta el carro de la civilización. Si quedó todo muy bonito, o lo que queda. Pero las manos que lo hicieron posible están olvidadas, enterradas muchas de ellas sin dignidad. ¿Cómo me reconcilio con esa historia terrible? Muchas veces perdonar es muy difícil. ¿Cómo perdonar la historia?

— Oye si, ya veo mejor pero hoy en día la cosa es muy diferente, digo, mírate a ti, eres ingeniero y toda la cosa, alguien respetado. Yo no pude estudiar y soy taxista ¿qué le voy a hacer? A lo que voy es que hoy no se ve tanta la diferencia racial, por mi parte no te veo como menos.

— ¿Los chistes son gratis entonces?

— Bueno chico, un chistecito, tómalo como envidia de mi parte.

— Está bien, supongo, disculpa aceptada. También pasa que hoy fue un día largo. Unos mexicanos me invitaron a comer y me platicaron de como es la situación en México y eso me entristeció.

— Ah, ya entiendo, también ellos son unos presumidos ¿no crees? Lo ven a uno en la situación en la que vive y van a platicar eso.

— Claro, también pensé eso, pero aún así me sentí mal por mi mismo. Y luego vengo aquí y me rematas.

— Asere ¿que tu quieres? Yo no sabía. Mira, brindemos otra vez, porque termine el racismo.

— Salud por eso.

Reinaldo se acercó para chocar las botellas de malta. Después alargó el puño como para saludar y Rafael lo chocó con su puño amistosamente.

— Muy bien– dijo Reinaldo– chico ¿sabes lo que a ti te falta?

— ¿Qué?

— Una novia, o esposa mejor.

— Pues si, puede ser, desde Carolina no he salido con nadie.

— ¿Ubicas a la rubia del primer piso?

— ¿La delgada, alta de cabello largo?

— Si, si, ella, creo que tendrías oportunidad si le hablas.

— ¿En serio? Bueno, nunca he salido con una blanca. Como verás, mi familia somos puros negros.

— Bueno chico, ya te estás yendo muy lejos, pero si, háblale, invítala a algún lado, se ve agradable.

— Puede ser.

La charla continuó una hora más hasta que Rafael se fue a su departamento a dormir.

Al día siguiente estaba Rafael en su oficina en el puerto viendo unos papeles cuando llegó el capitán del barco “Candela”. Tenía que firmar algunos permisos ahí con Rafael. Mientras tanto, le platicó que a unas 7 leguas del puerto una gran ola había tambaleado el barco, lo que causó que cayera una caja de mercancía al mar. Era una caja que contenía ropas y algunas joyas con valor de algunos miles de dólares. La dieron por perdida. Rafael asintió y se le hizo curioso aquello. Le preguntó por donde se le había caído y más o menos le pudo decir, pero no le dio muchas esperanzas de localizar la caja a Rafael pues había corrientes y era el mar abierto. Veré si puedo hacer algo. Por su parte, el Candela debía continuar su trayecto, si la encontraba, ya le comentaría Rafael.

¿Cómo buscar una caja en pleno mar abierto? La caja era lo suficientemente pequeña para ser indistinguible a lo lejos, la hazaña se le figuraba imposible. A menos que… recordó la comida con los mexicanos, le habían platicado que en su barco traían un radar de última generación, tecnología avanzada. Igual y con ese radar podría localizarla. Tentador ¿porqué no? Fue a hablar con los mexicanos pues seguía en el puerto su barco. Le platicó la situación al capitán. Le dijo que necesitaba el radar, si se lo prestaba, le daría el 30% de lo que ganara.

— ¿Y cómo se que no te vas a robar mi radar?

— Pondré un rastreador de GPS en mi lancha, así sabrás donde estoy en todo momento.

— Eso y el 40% y es trato hecho.

— Bueno pues, trato.

Rafael transportó el radar, que era una pequeña antena subacuática que se ponía al costado del barco y que mandaba una señal a una pantalla a bordo. Estuvo un par de horas en alta mar buscando sin encontrar nada. Daba vueltas y vueltas. De repente una tenue señal, pequeña, pero fija. Se dirigió a ese punto y seguía ahí. Tiró el ancla, se puso el neopreno y demás aditamentos para bucear. Bajó con cuidado y ¡bingo! ahí estaba una caja negra en el lecho marino. La subió usando un flotador de aire comprimido. La amarró y subió a la lancha jalando. Esa debía ser, se veía acabada de llegar al fondo. La abrió y vio que en efecto, era ropa y algunas joyas

El mar había cambiado la posición relativa de la lancha. Se estaba alistando para partir cuando se percató que el radar marcaba algo más. Parecía una especia de cueva, pues era la entrada a algo profundo. Le picó la curiosidad y nuevamente se puso la indumentaria y se lanzó al mar a explorar. Cuando llegó a la abertura vio que el fondo de la cueva era muy regular. Entró y alumbró con una lámpara. Se dio cuenta que estaba dentro de un barco antiguo, de madera, que había quedado enterrado en la arena. Solo la abertura era el vestigio de su existencia. Era como del siglo XVIII o XIX, difícil saber. ¿Un barco pirata? Donde hay piratas debe haber un tesoro. Decidió explorar más. Entraría hasta la bodega, ahí guardaban los tesoros. Estaba oscuro, los paces ya habían reclamado el barco como su hogar. Había vestigios de vida antigua de marinos. Por fin encontró la bodega, un golpe hizo ceder la puerta de madera antigua. Se asomó y en efecto, al fondo había un cofre enorme. Intentó moverlo pero estaba muy pesado, incluso poniendo los pies en el suelo a penas pudo moverlo. No iba a poder sacarlo ahora. Necesitaba una grúa. Regresó a la lancha. Apuntó las coordenadas que marcaba el GPS.

Regresó al puerto, devolvió el radar y le dio la buena noticia al capitán mexicano. La buena noticia de haber encontrado la caja del Candela, claro está, pues no le mencionó sobre el barco hundido y menos sobre el pesado cofre en su interior. Para sacarlo iba a necesitar varios flotadores de aire comprimido y un barco con grúa.

Primero se las arregló para vender el contenido de la caja. Dio su parte al capitán mexicano y quedaron en buenos términos. Con su parte, Rafael iba a conseguir lo que le hacía falta. Compró los flotadores de alguien que venía de fuera y el barco con grúa se lo compró a alguien del puerto. Era casi todo su botín de aquella caja, pero valía la pena sacar el cofre del fondo marino. Un día esperó la caída de la noche y salió con todo el equipo. Llegó al sitio marcado en el GPS y bajó con los flotadores y la soga para amarrar el cofre. Llegó al lugar indicado y nadó hasta el cofre. Le amarró los flotadores al cofre, los abrió y de inmediato se inflaron. Se movió el cofre y quedó pegado al techo de la bodega. Sería mucho más fácil maniobrar aquello ahora. Dirigió el cofre hacia afuera del barco siguiendo la soga. Por fin salió del barco y dejó flotar libremente el cofre, que se fue a la superficie. Después, amarró el cofre, subió al barco y con la ayuda de la grúa subió el cofre al barco y lo asentó pesadamente. El barco se sentía más pesado. Intentó abrirlo con las manos y fue inútil. Ya lo tenía previsto y trajo dos barras palanca y haciendo un esfuerzo considerable pudo meterlas en la tapa. Después de varios intentos, por fin cedió la tapa y con ambas manos la subió y la aventó para atrás. Vio que había algo adentro, trajo la luz y no pudo ser más su conmoción: estaba repleto de monedas de oro. Las tocó, removió era el cofre completo.

— Madre mía– exclamó.

Inspeccionó las inscripciones de una moneda, estaba en español. Seguramente era un barco español que iba a Europa, a Austria o quien sabe como sería aquello. Le duró media hora el espasmo, pero no había tiempo que perder. Había traído una lona en el barco, con el que cubrió el cofre, puso rumbo al puerto. Pensándolo bien quizá el puerto no fuera la mejor opción, había mucha gente que podía enterarse y si algo tenía claro Rafael es que no debía enterarse nadie de aquel cofre.

Se le ocurrió que hacer. Llegó a un muelle poco usado cerca del puerto. Le preocupó un momento, pero debía ir por un coche para cargar el cofre. Debía dejar el tesoro un rato. No había de otra. Fue al puerto, había un coche de carga. Lo trajo al muelle y usó la grúa para cargar el cofre. Miró otra vez a dentro para asegurarse que no soñaba, estaba ahí el oro. Cubrió el cofre con la lona. Llevó el coche al puerto, había una bodega que casi nunca se usaba, decidió dejar el coche ahí hasta que pensara que iba a hacer con el tesoro.

Al día siguiente fue a revisar temprano la camioneta y seguía ahí. Aún así tenía que pensar algo, era cuestión de tiempo que alguien entrara a la bodega y se preguntara por la camioneta. En un mundo ideal podría pedir ayuda, pero el mundo en donde vive Rafael es uno que todavía lidia con el racismo. Este mundo siempre buscará excusa para quitarte tu tesoro. Sabía lo que la codicia puede hacer en el corazón de los hombres, enajenar unos a otros, incluso esclavizarlos. No, iba tener que manejar, trasladarse a una región lejana en la selva y enterrar aquel oro.

Así lo hizo. Al día siguiente manejó al oeste y en la región más inhóspita a la que tuvo acceso, el lugar menos accesible, cavó toda la tarde y ahí enterró el oro. El GPS le marcó la ubicación que guardaría con gran recelo. Cuando regresaba de ahí pensó que algún día el mundo estaría listo para ese tesoro.

Por ahora no podía hacer otra cosa más que esperar. Pensó en la rubia del primer piso y se le iluminó el semblante.


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