Simón ha estado toda la vida en la iglesia, conoce bien el lenguaje, conoce a la gente, ha leído la palabra pero le hace falta estudiar más, como siempre, como en todo. Tiene nociones generales de los evangelios, los ha escuchado durante toda su vida todos los domingos. Se sentía con los pies en la tierra en ese ámbito de su vida, seguro como quien más. Podría decirse que sus padres estaban orgullosos de tener un hijo que cuidaba la tradición. Sin embargo, un día Simón vio un programa de televisión donde se ponía en duda la existencia de Dios. No eran argumentos extravagantes ni dudas exóticas, sino preguntas bien formuladas y pensadas. Así, con un episodio de un programa de televisión, Simón se percató de algo preocupante: su fe, aquella piedra inamovible dentro de si, esa parte fundamental de su identidad no era tan sólida como ni él ni sus padres pensaban. Para otra persona, quizá un problema así no sería más que un asunto intelectual en el cual entretenerse por las tardes entre semana, pero para Simón era un cisma existencial mayor. Tenía que reconsiderar todas sus relaciones humanas y todas su realidad.
Esto afectaba la relación con sus papás, así como con la gente de la iglesia, esa gente que sí, apreciaba y respetaba, pero con la que no había logrado conectarse, a la que no entendía a profundidad. Posiblemente no las entendiera porque era un adolescente y no entendía mucho de nada realmente. Aún así los sentía un tanto distantes, un mundo aparte del suyo. No había hecho grandes esfuerzos por acercarse, pero bueno, tenía muchas cosas en la cabeza. Más ahora que aquel programa había sembrado la duda en su corazón. Tenía que aclararse, indagó un poco, pero en casa había espacio para biblias, libros relacionados, la enciclopedia y para poco más. Estaba confundido y agobiado.
No podía conciliarse con la realidad de que sus amigos, conocidos y familiares tuvieran esa seguridad en la fe. Creía que seguramente un secreto guardaban, una fórmula mágica que esclarecía la mente, justo lo que le faltaba, a él. Simón, claramente era el que estaba en falta, los demás tenían la clave pero no la decían. Necesitaba algo así como una epifanía, un momento de revelación e iluminación que le ahuyentara las dudas, claridad en su panorama.
Así estuvo un par de meses, oraba por esa revelación. Quería leer toda la biblia pero no pasó de Levítico pues no soportó tener que leer tantas leyes. Habló de su necesidad de una epifanía con un amigo de la iglesia, el cual le recomendó una iglesia de una ciudad cercana, se llamaba “la iglesia del monte de la revelación”. Se decía que en aquella iglesia Dios concede visiones particularmente reveladoras.
Así pues, al cumplir los 18 años le dijo a su madre y a su padre que se iría a la ciudad vecina a vivir. Ya encontraría en que trabajar, el punto principal era asistir a aquella iglesia, obtener respuestas de su vida y su corazón. Tenía cierta curiosidad desde la preparatoria por algún trabajo que tuviera que ver con la palabra escrita. Así pues, buscó trabajo en un periódico local. Empezó como comentarista y fotógrafo de eventos locales. Desde el principio se notó que tenía facilidad para ese trabajo, lo cual era bueno para Simón. Sin embargo, aún era muy joven para subir de puesto, así que lo dejaron como comentarista y fotógrafo.
Los domingos asistía a la iglesia regularmente. También iba al grupo de jovenes. A Simón le gustaba esta nueva iglesia, habían alabanzas con las que conectaba bastante. El pastor era amable y muy sonriente, aunque a veces parecía que regañaba a la congregación sin razón aparente. La verdad es que se sentía a gusto ahí. Sin embargo, aún no había llegado su epifanía ni la claridad que ansiaba.
Un día, después de la sesión del grupo de jóvenes estaba hablando con algunos chicos del grupo cuando divisó a lo lejos a una chica muy guapa. Era alta, delgada, morena y de cabello largo lacio. Una extraña sensación de dejà-vu le invadió, aunque nunca la había visto. Estaba hablando con otras chicas cuando por algún motivo se volteó para hablar con alguien más. Cuando Simón la vio de espalda se le olvidaron su búsqueda espiritual y sus dilemas existenciales, todo lo reemplazó el deseo de conocer a esa belleza. Así pues, se despidió del grupo donde estaba y se acercó al grupo de la chica morena. Cuando llegó con las chicas guardaron todas silencio a la expectativa que Simón dijera algo. Simón se puso nervioso, balbuceó alguna cosa, pero no pude hacer un discurso inteligible. Se quedó un poco apenado ahí, sintió la incomodidad del momento. Una chica empezó a hablar con las demás, así que Simón aprovechó para despedirse e irse a otro lado.
Así transcurrió algún tiempo, a Simón le iba bien en el trabajo, mejor de lo que sus jefes admitían puesto que no querían que se le subiera a la cabeza. Simón por su parte estaba aprendiendo todo lo que podía de la palabra y otros libros. Seguía asistiendo a la iglesia, pero, como siempre, seguía sin entenderse con los demás. Le parecían más reales y más vivos los personajes de las novelas y películas que los que veía en su día a día.
Después de una reunión del grupo de jóvenes Simón se quedó con un grupito que se formaba seguido para platicar. Estaban en lo suyo cuando alguien vio un púlpito vacío y tuvo una idea, subirían a Simón a que hablase en el púlpito frente a todos, los demás le harían preguntas como si fuera una rueda de prensa. Así hicieron, Simón, que no tenía mucha experiencia respondía como podía, algo intimidado. Los demás, entre risa y risa seguían con aquel simulacro absurdo. Terminó aquella parodia y cada quién se fue a su casa. Simón no sabía que sentir. ¿Qué significó todo aquello? Lo último que pensaba era que pudiera influir en los demás. Así pues, aquello no fue más que una humillación. Simón sabía que no hablaba muy bien en público y no sabía mucho de muchas cosas, otra cosa no podía ser viniendo de aquellos engreídos. Se molestó mucho, iba a la iglesia por gusto y la verdad ni siquiera estaba seguro de la existencia de Dios, por lo que no iba a soportar aquello. Lo sentía mucho por la chica morena, pero tenía que dejar esa iglesia. Se fue sin despedirse, pues no se consideraba bienvenido.
Así estuvo un par de semanas hasta que se enteró que había un monasterio en la ciudad que tenía una perspectiva diferente. Aquellos monjes pertenecían a la orden de San Gonzalo Guerrero. Tenían un profundo conocimiento del mestizaje y de sus implicaciones culturales y espirituales. Simón empezó a asistir a las misas de los domingos. Disfrutaba el sermón y le parecía fascinante como es que un cambio de perspectiva pudiera cambiar tanto el mensaje basado en el evangelio que tan bien conocía. Aprendió mucho esos domingos. Sobre todo se enteró que debía acrecentar su estudio de temas filosóficos y teológicos, temas que le hacían falta dominar. Simón se sentía a gusto en este lugar, sentía que podía abrirse con aquellos monjes y monjas de buen corazón. Veía que los monjes y monjas trabajaban bastante, daban clases a la comunidad y a los niños de cerca. Así también organizaban la alabanza con música latinoamericana. Alguna vez hicieron un concierto especial.
Por ese entonces conoció a una chica de su trabajo, Cintia, era la encargada de la sección cultural del periódico. Era de mayor edad que él pero no demasiado. Compaginaron bien desde el principio. Tenían intereses en común, pues a ambos les gustaban las películas y las novelas. Ella, siendo de la sección cultural naturalmente sabía más del tema que Simón, pero él se defendía. Salían seguido, al cine, a tomar café, a conciertos de música. Se llevaban bien. Simón tenía verdaderas esperanzas en que aquello continuara.
Así también el editor del periódico, el gran jefe, era una persona que influyó en Simón. Era alto, rubio, un tanto regordete y un tanto entrado en años. Un día llamó a Simón a su oficina.
— ¿Quería verme jefe?
— Hey, Simón, si, entra, primero que nada, ¿cómo has estado? ¿todo bien?
— Si, si, bastante bien.
— Okey, pues mira, necesito que hagas un reportaje de las manifestaciones de los transportistas. Toma también fotos, ya sabes, fotos hermosas, has tu magia chico.
— Oh, maravilloso, es mi primer reportaje serio.
— Muy bien, te lo has ganado chaval. Oye y me enteré que estás saliendo con Cintia eh.
— Si, bueno, es verdad– dijo Simón sonrosándose.
— Muy bien, cuida de esa chica, que tiene buen carácter y es trabajadora. Felicidades por tu reportaje.
El jefe le extendió la mano. Simón le dio la mano y sintió un fuerte apretón de manos, un poco exagerado para su gusto. Así también le jaló el brazo amistosamente y le palpó la mano con su mano libre.
— Muy bien, ve a traer ese reportaje.
A decir verdad el jefe era una persona agradable, con la que se podía hablar. Aunque Simón no estaba de acuerdo con todas sus posturas, el jefe era una persona razonable y de mentalidad práctica.
Por aquel entonces los monjes invitaron a Simón a que se convirtiera en monje de su orden. Simón no estaba seguro, ya que si bien le gustaba la compañía de aquellos monjes, aún no comprendía ese espíritu fraternal que se veía tan natural en aquellos monjes. Además estaba su relación con Cintia, tendría que alejarse de ella. No se sentía cerca de Dios.
Era una situación muy extraña, aquellos monjes eran lo más cercano que había encontrado a una familia fuera de casa, pero al mismo tiempo no podía conectar con ellos completamente, pues seguía con sus dilemas y su desconexión espiritual.
Entonces, de la nada, Cintia le dijo que iba a mudarse a otra ciudad. No estaba muy lejos, pero era lo suficiente para que no pudieran verse tan seguido. Debían cortar según Cintia. A Simón eso le dolió bastante. No es que estuviera perdidamente enamorado pero quería seguir con ella. Le parecía un final abrupto y un tanto trágico. Al final aceptó la pérdida resignadamente.
El jefe del monasterio un día invitó a Simón a su oficina. Trataba de entender a Simón.
— Dime Simón, ¿qué te detiene de abrazar el evangelio?
— Pues mire padre, es que no entiendo como pensar como ustedes.
— ¿Pensar como nosotros? ¿A qué te refieres?
— Verá, yo siempre he sido muy racional, no se pensar de otra manera.
— Pero te aseguro que has sentido emociones, si no, no estarías aquí.
— Si, si, pero no comprendo como es la forma correcta, como lo tienen ustedes tan claro.
— No lo tenemos tan claro, también estamos en necesidad de respuestas y de Dios.
— Pero no se como pueden estar tan tranquilos con tal incertidumbre.
— Te hace falta paciencia y estudio, aún eres muy joven, quieres sabiduría que viene de la experiencia.
— Tiene usted razón, lo tomaré en cuenta. Muchas gracias padre.
En efecto, Simón tomó el consejo del padre por un tiempo. Pasaron dos años y Simón no veía cambio alguno. Fue entonces cuando Simón perdió la paciencia. Tanto estudio para nada, ni epifanía ni nada.
Se enteró en su trabajo que había una asociación religiosa de la que no había escuchado: la iglesia de la materia. El compañero que le platicó sobre esa iglesia, le dijo que esa religión se basaba en la razón. A Simón, que era tan fanático de la razón le picó la curiosidad. Cuando llegó al templo notó algo raro el edificio, no era regular. Parecía más bien hecho a mano, sin plano alguno. Tenía la altura de un edificio de tres pisos. Sin embargo era imponente la entrada, algo aterradora, contrastaba mucho con las construcciones aledañas. Entró por la puerta principal. El templo era un galerón largo. Había poca luz. Habían bancas para sentarse mirando al frente. Al fondo, iluminado por un tragaluz había una columna gruesa imponente. Al acercarse vio que eran varillas de aluminio con una malla metálica. Adentro tenía lo que parecía ser basura del mar. Sin embargo, era de origen humano: botellas de plástico, trozos de lona, chanclas viejas. No olía mal. Seguramente sería de la playa cercana a la ciudad. Simón tuvo el impulso de extender el brazo para tocar aquello.
— ¡Alto ahí!– oyó una voz estruendosa atrás de sí– ¡No profanes el altar!
— ¿Altar? ¿Esto?
— ¡Así es, es el altar a la materia!
Simón cayó en cuenta que si aquello estaba en el centro del templo, solamente podría ser un elemento central de aquella extraña religión que él quería entender. Volteó a ver a aquel sacerdote que le había impedido tocar el altar. Estaba vestido extravagantemente con grandes hombreras y un báculo. Sus ropas también eran extrañas, como de nylon y reflejaban mucho la luz.
Simón se disculpó y fue a pedir informes con aquel sacerdote. El sacerdote comprendió lo sucedido y vio la curiosidad sincera de Simón por aquellas enseñanzas. El sacerdote le dijo que lo acompañara, le dio un tour por el templo. Le mostró una sala de lectura donde habían más personas estudiando. Después llegaron a su oficina que estaba al fondo. Le invitó a sentarse. Ahí en su oficina le dio a Simón los rudimentos de aquella religión. No creían en un Dios, sino que adoraban a la materia, la cosa en sí. Creían en la espiritualidad latente de todas las cosas, pero había que afinar los sentidos. Sin embargo, no se debía hacer ilusiones, no era un camino fácil, sino arduo y sin esperanza de llegar a ningún lado. Sin embargo, obtendría un entendimiento y claridad como en ningún otro lado. A Simón lo convenció ese prospecto, estaba decidido a absorber todo ese conocimiento, que le mostraría un mundo inimaginable y por fin obtendría lo que había buscado tanto tiempo, o bueno, algo similar.
Por el momento era todo lo que necesitaba saber. Si quería pasar al siguiente nivel tenía que leer y leer mucho. Básicamente una tonelada de libros. Esa era su encomienda, los pesarían al final. Y no podían ser libros cualquiera, había una página de internet con los libros aprobados por la iglesia de la materia. Afortunadamente a Simón le gustaba leer así que no empezaría desde cero. Fue haciéndose de más libros que leía con ahínco. Algunos, más complicados, le llevaban más tiempo.
Simón estuvo así por un par de años. Sin embargo, al ver sus esfuerzos frustrados, con poco avance y sin esperanza a la vista, no resistió más y se salió de aquella extraña asociación religiosa. Sabía que quizá ese camino funcionaba, pero a él no le había funcionado del todo.
Simón se sentía raro, iba bien en su trabajo, pero su búsqueda espiritual había terminado de repente y su sentido de vida estaba un poco desorientado. Entonces, decidió regresar a casa, necesitaba estar un tiempo con sus padres. ¿El trabajo? Ya encontraría algo, se las había apañado bien y tenía la experiencia. Se despidió del jefe. Sin embargo, había hecho un buen trabajo y le ofreció ser el corresponsal del periódico desde la ciudad aledaña. No quedaba tan lejos y hoy en día hay internet. Bueno, pensó Simón, tendría trabajo. Pero ahora lo que más importaba era sanar el espíritu.
Regresó a casa de sus padres, les explicó su peripecia y ellos entendieron. Lo recibieron de brazos abiertos. Simón por su parte se sentía cobijado y amado, pero se sabía fracasado en su intención original. Le expresó su sentir a sus padres a lo cual ellos le recomendaron que regresara a la iglesia, su misma iglesia de cuando era adolescente. Fue un poco resignado a la congregación, asistía regularmente junto con sus padres. Todo era normal, como antes.
Un domingo el pastor habló sobre el servicio y su importancia espiritual. Simón, que había servido algunas veces lo vio como algo importante sí, pero no demasiado. Sin embargo, decidió meterse de lleno a servir en la iglesia. Estaba en el ministerio de música y visita a la cárcel. Le encontró el gusto a ese voluntariado, sentía que era para Dios.
Un día, arreglando unas luces en el templo, le habló a un chico que le ayudaba, de repente vio una luz que lo cegó. Le dijo al chico que apagaran la luz. El chico le dijo que estaba apagada. Cuando se acostumbró pudo ver que no era un foco, sino el rostro de su ayudante el que brillaba. Pensó que algo raro le pasaba hasta que vio a otra chica del templo, cuyo rostro también brillaba. Salió de donde estaba y había varios miembros de la congregación hablando, cuando lo vieron y voltearon a verle todos sus rostros brillaban y lo cegaban. Salió del templo un poco asustado.
De repente, le vino a la cabeza la imagen del rostro de Dios, que refulge como el sol. Se dio cuenta en ese instante que estaba teniendo la epifanía que tanto había buscado. El rostro de Dios se reflejaba en el rostro de sus hermanos. Quizo recordar a los monjes y también los vio con refulgente rostro, así también como los miembros del monte de la revelación. Todos habían reflejado el rostro de Dios. Siempre había estado ahí, pero él no podía verlo. En ese momento cayó de rodillas y oró al Señor, dio gracias por todos los que le habían acompañado, incluso cuando creyó que lo habían humillado, gracias a Dios por revelarle que siempre estuvo a su lado. Renovó sus fuerzas y su fe y se levantó siendo un mejor hombre.
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